lunes, 21 de diciembre de 2015

Carta del Procurador de las Misiones con motivo de la Navidad


Queridos Hermanos,

Deseo haceros llegar este mensaje Navideño, en vuestro quehacer diario, para compartir con vosotros nuestra jubilosa comunión  y la de todos aquellos que de una u otra manera forman parte de nuestra familia misionera.

Esta imagen navideña, que espero que os guste, llega desde África Occidental, desde Burquina Faso, donde los cristianos son el 30% de la población. Su genio artístico y sus técnicas de tinte de los tejidos, han expresado así su Fe en el misterio de la encarnación de Jesús, signo del amor de Dios para cada hombre, sin distinciones de raza, cultura, rango social y religión.

El mensaje de la Navidad es un mensaje de paz y fraternidad universal. En España, donde esta buena noticia llegó muchos siglos antes que en Burquina Faso, Senegal y Guinea Bissau, ha inspirado el talento de artistas de fama mundial a expresar este mensaje de paz con obras maestras de pintura, escultura, música y otras artes que son universalmente reconocidas como patrimonio histórico y cultural de la humanidad y que el mundo entero viene a admirarlas en nuestros museos e iglesias.

Por tanto nos entristece y desconcierta que alguien llegue a pensar que la Navidad y su mensaje deba silenciarse porque podría herir la sensibilidad de quienes siguen un camino religioso diverso o no siguen ningún camino.

A lo largo de los años vividos en Senegal he asistido admirado a algo que desearía  se pudiese vivir en nuestra llamada civilización hoy y mañana: musulmanes y cristianos se felicitan mutuamente en sus respectivas importantes festividades religiosas. Los fieles del Islam ofrecen el cordero de la fiesta de Tabaski (rememorando el cordero sacrificado por Abrahan) a sus vecinos y amigos cristianos y a su vez estos ofrecen a sus amigos musulmanes  el Ngalask, comida especial para  el día de Viernes Santo.

¿Es correcto y civilizado pensar que el respeto mutuo de la diversidad deba ser necesariamente vivido en negativo, atrincherándose cada uno en sus posiciones?
¿No sería más humano y positivo iniciar el camino del acogimiento del otro haciéndonos contar sus valores?

Debemos aprender a descubrir y apreciar los valores de los demás y ofrecer el conocimiento de nuestros valores con libertad y sin segundos fines, en lugar de tolerarnos de mal grado mientras alimentamos, más o menos intencionalmente indiferencia o desconfianza.

Quizás la Navidad de este año, en el especial contexto mundial en que vivimos, puede enseñarnos el verdadero valor del acogimiento reciproco.

Esta es la verdadera Navidad: Dios que se hace niño, asumiendo la vida de una familia concreta, de un pueblo con su cultura, sus tradiciones y su camino religioso y que luego hombre, con su evangelio nos enseña a superar el detalle, sin anularlo, pero viviéndolo con apertura hacia otras particularidades.

La Navidad acogida y vivida nos hace hombres nuevos.

P. Adriano Titone OMI
(Procurador de las Misiones Extranjeras)  

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