viernes, 1 de septiembre de 2017

Aprendí de la Misión...


Desde la Procura de las Misiones nos llega este precioso testimonio de Belén, una de las integrantes del último Viaje Misionero.

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Anoche tenía muy claro lo que quería transmitir en este testimonio, de hecho, tomé algunas notas para no olvidarme… pero, lo que es la LUZ de un día nuevo. No se ven las cosas de la misma manera cuando estás en penumbra, sola, con tus pensamientos. La luz del día te permite ver cosas que en la noche no percibes y que hacen que cambie tu atención.

¿Por qué digo esto?, porque así estaba yo antes de ir a la misión, buscando en penumbra el camino mejor para afrontar la vida. Pero durante esos días he ido descubriendo la luz del día… la Luz de Dios, y aquí empieza mi testimonio.


¿Qué es ser misionero?, cuando no lo has vivido, la lógica, lo que las personas creen y que me han preguntado es ¿has pasado hambre?, ¿has cogido alguna enfermedad?, ¿dónde dormías?, ¿es muy duro?, ¡cuánto te admiro!, ¡Qué valiente!... Pero qué lejos de la realidad están estos “estereotipos”, sobre todo cuando se habla de África. Pensamos que vamos a encontrar sufrimiento, tristeza… y yo me encontré con un mundo más cercano a Dios que del que venía.

Nada más aterrizar, esa bofetada de calor, mezclada con la humedad y esa lluvia fresca que nos acompañó casi toda la misión. Fue la manera en que Dios nos dio la bienvenida, aquí vienes a “sentir”, ¡ponte en alerta! Échate repelente para todo lo que pueda desviarte de tu camino misionero, y comienza a andar por esta tierra húmeda, empápate de su sonrisa constante, su amabilidad, su esfuerzo por entendernos, su generosidad para alimentarnos, sus mosquiteras para estar protegidos...

El primer día se te rompe el corazón, ves las condiciones en las que viven, las carencias, las injusticias… ¿pero en qué lugar del mundo no hay situaciones similares? La diferencia la encontré cuando llegamos a Farim. Tanto niños como jóvenes, mujeres… querían saludarte, te daban la mano, te abrazaban, siempre con esa sonrisa que no se borrará ya nunca de mi corazón. Me preguntaba cómo era posible que estuvieran así de alegres cuando tenían heridas por el cuerpo, casi descalzos, y no sabían si iban a poder ir al colegio el próximo curso. La respuesta sólo podía ser una, Dios estaba presente. Jesús sería feliz entre ellos, ¿por qué no lo iba a ser yo? Y así fue.



Ingenua de mí, creía que iba a ayudar, llevar material, a enseñar… y fue esa tierra y su gente las que me dieron una lección.

Aprendí de unos niños que no se cansaban de jugar y cantar. A pesar del calor querían más, siempre sonriendo. Llevándome de la mano, tocándome el pelo, los brazos (las pecas les llamaban la atención). Yendo corriendo a la misión a beber agua, ya que carecen de agua potable… La sonrisa siempre les acompañaba.

Aprendí de unos jóvenes que se entregan por completo a su parroquia, a su pueblo, sin esperar nada a cambio, que te hacían bailar con ellos sin importarles si eras “blanca y mayor”, y que lo único que nos pidieron al final fue que transmitiéramos a España que les gustaría estudiar una carrera (algunos ya están haciéndolo) pero que no tenían material o medios suficientes para continuar.

Aprendí de una mujer hermosa, que nos preparaba cada día esa comida tan deliciosa, a pesar de los escasos recursos de los que disponían; y que, sin entendernos en el habla, lloramos juntas el último día.

Aprendí de unos médicos que, de forma gratuita y con paciencia y cariño, dedicaron dos días a consultar a todos los que lo necesitaban, sin descanso.

Aprendí de unos misioneros Oblatos que se dejan el sudor y las fuerzas en todo lo que hacen por su pueblo (sin distinción de religión), y que aun así, tenían tiempo para cantar, bailar y hacernos pasar muy buenos momentos.
Aprendí de un Joven de 15 años, que nos ayudó y no se separaba de nosotros (con los niños, con los enfermos, ordenando medicamentos, haciendo de interprete, diseñando material…) y que, como otros muchos, no podría seguir sus estudios sin ayuda.

Aprendí de una profesora dulce y fuerte, que me ayudó con la animación de los niños, ella me pidió que le buscara un novio español (ja, ja, ja), la convencí de que ésa no era la solución.

Aprendí de unos compañeros (amigos) de viaje, misioneros como yo. Ellos no sólo me enseñaron otros idiomas, sino a ser tolerante, aceptar lo que soy con mis limitaciones, a ver en la diversidad a un hermano.

Para mí, la Misión, ha sido compartir la Alegría de Dios vivo con los demás, Él está en lo sencillo. No hice grandes cosas… pero SI llenas de AMOR.


Gracias a todos los que hicieron posible este viaje, y en especial a mis dos tías, Aurora y Pili, por inculcarme desde pequeñita su pasión por la misión.

Belén Puebla Escudero

2 comentarios:

  1. No me sorprende tu testimonio, porque refleja lo que eres tú...espiritualidad,alegría,entrega...me alegro por ti y te envidio por esa maravillosa experiencia,y me alegro por esos niños que pudieron disfrutar de tu vitalidad y energi

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  2. Qué grande eres Belén! Y,si que haces grandes cosas,que relato tan bonito y tan bien contado,transmite sentimiento,emoción, alegría, espiritualidad,has hecho que casi,casi...me sintiera allí y has conseguido que se me saltaran las lágrimas, gracias por compartir tan bonita y enriquecedora experiencia, me encanta que hayas vuelto tan contenta y me alegro mucho por las personas,niños y adultos que,estoy segura no te olvidaran. Un besazo enorme.

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