viernes, 27 de mayo de 2011

La Iglesia de Marsella celebra a San Eugenio

Visto en www.omiworld.org
27/05/2011 Francia

El sábado 21 de mayo, Marsella celebró el 150º aniversario de la muerte de San Eugenio de Mazenod, su obispo de 1837 a 1861 y Fundador de los Oblatos de María Inmaculada, canonizado por Juan Pablo II en 1995.
Ese día, unos 120 peregrinos fueron tras las huellas de San Eugenio a San Ferreol, el Puerto Viejo, el Calvario de Accoules, la barriada de Panier y Notre Dame de la Garde. A continuación, se celebró una Misa de Acción de Gracias en la catedral por parte del Arzobispo de Marsella, George Pontier, acompañado de los Cardenales Roger Etchegaray y Bernard Panafieu y del P. Louis LOUGEN, Superior General de los Misioneros Oblatos.
Una procesión y una oración en la tumba del santo cerraron la celebración, tras el canto delSalve Regina y la presentación de una pequeña estatua de San Eugenio al Arzobispo Pontier.

Homilía del Arzobispo 
Georges Pontier en la Catedral

Sábado 21 de mayo de 2011, 150º Aniversario de la muerte de San Eugenio de Mazenod


Cuando el Viernes Santo del año 1807, a la edad de 25 años, Eugenio de Mazenod fue al oficio religioso, no pensaba que iba a vivir el momento más decisivo de su vida. Se ofrecía a la veneración de los fieles la cruz de Jesús. Jamás la había visto con los ojos de su corazón. Jamás había pensado ni se había dado cuenta de que Aquél que estaba clavado, los brazos abiertos, le estaba esperando. “¿Podré olvidar las amargas lágrimas que la visión de la cruz hizo brotar de mis ojos un Viernes Santo?. ¡Ah!. Salían del corazón. Nada podía contenerlas”. Sobrecogido por un amor infinito que murió por él y por los hombres, sus hermanos, se obra un lazo personal fuerte y único con Cristo: ¡comprende que es amado por Dios hasta un punto inimaginable y que es así también por la humanidad y que su vida no se realizará sino correspondiendo a este amor!. Entraba para cumplir un precepto religioso, salió amigo de Cristo para siempre!
He aquí el punto de partida de su camino de santidad, en cualquier caso el punto de partida de su conversión, de su cambio de vida, de su camino por medio del ministerio sacerdotal.
Esta tarde, entendemos lo que Eugenio de Mazenod nos repite al modo de Pablo: “Cuando vine a ustedes, no vine a anunciar el misterio de Dios con el prestigio del lenguaje humano o de la astucia. Entre ustedes, no he querido saber de otro sino de Jesucristo, el Mesías crucificado”.
Dejemos, nosotros también, la rutina espiritual. Contemplemos a Cristo en la cruz. Dejémonos tocar por la profundidad del amor de Dios para con nosotros. Percibamos que la superficialidad de nuestras existencias o de nuestra fe no puede llevarnos sino a la amargura y la decepción. Dejémonos enseñar por Cristo, por la sabiduría de la cruz, por la fuerza de la vida entregada a los demás, por el amor infinito de Dios hacia cada uno de nosotros y la humanidad.
De esta esta contemplación repetida sin cesar es de donde Eugenio sacó su celo apostólico, su cuidado por los pequeños, rechazados. Sabemos que no dejó de organizar misiones parroquiales, para las cuales se rodeará de misioneros que se convertirán un día en los Oblatos de María Inmaculada. Su corazón de pastor prestará atención a los más desfavorecidos, sirvientes, campesinos, condenados a muerte, víctimas del cólera. Les predicará en Provenza, para que entiendan en su lengua que son amados de Dios, hasta el punto que el Hijo bien amado ha derramado su sangre por todos ellos, sobre todo por ellos. Su atención para con los más pequeños chocará a los de su ambiente de origen, como choca siempre hoy, sobre todo cuando los compromisos hacia ellos atraviesan los llamados equilibrios sociales. Su compromiso no era de orden político. Era de orden espiritual, para vivir a la manera de su bien amado Maestro y Señor Jesucristo, que vino a buscar a las ovejas sufrientes y perdidas.
Su lema episcopal era “Pauperes evangelizantur” (Se anuncia la Buena Nueva a los pobres).
Saquemos también nosotros de nuestra contemplación el amor de Cristo hacia todo hombre y el celo necesario para anunciar a cada uno su dignidad de hijos de Dios, sobre todo a aquéllos cuyas condiciones de vida materiales pudieran hacerles dudar: refugiados, presos, sin trabajo, sin ingresos suficientes, enfermos y tantos jóvenes casi abandonados en la búsqueda de dinero fácil. ¿Cómo llegar a cada uno, verles como Cristo les ve?. ¿Cómo reconocer en sus rostros los rasgos de Cristo sufriente?. ¿Cómo comprometerse a favor de ellos y con ellos?.
En esta contemplación del corazón de Cristo traspasado en la cruz para la salvación del mudo es como Eugenio de Mazenod comprenderá los llamamientos de las misiones lejanas, enviando a los primeros oblatos de María Inmaculada al Canadá, luego a Sri Lanka, África del Sur, a los Estados Unidos. Siempre le caracterizó lo grande.
Las realidades de hoy son otras. Las migraciones contínuas y la ruptura de la transmisión hacen de las tierras de aquí un lugar de primer anuncio y de diálogo interreligioso. No olvidamos por un momento el intercambio entre las Iglesias. Cuatro padres diocesanos se encuentran hoy en otras misiones.
En el tiempo de su episcopado, la diócesis se dobló de población. Él acompañó estos cambios creando nuevas parroquias, insuflando su aliento misionero en su clero. Tuvo la genial idea de construir la actual basílica de Notre Dame de la Garde y de iniciar esta nuestra catedral, consagrada a Nuestra Señora de la Asunción. Su devoción a la Virgen María es profunda. La congregación que fundó está puesta bajo la protección de María Inmaculada. María; él la contemplaba a los pies de la cruz, llevando a su plenitud el sí inicial dado el día de la Anunciación. El la veía asentir a las pruebas de su Hijo y unir su sí a la voluntad del Padre su propio sí. Eugenio de Mazenod vivirá, unido a Cristo y a la Virgen del Calvario, las pruebas que atravesará durante su vida y su ministerio. ¡Y no fueron pocas!.
Que San Eugenio de Mazenod nos acompañe en este tiempo, el nuestro. Que él interceda por nosotros. Que mantenga nuestros corazones dirigidos al corazón de Cristo haciendo de su vida un don para nosotros, con el fin de que dejemos una vida insignificante, desesperada o inhumana. Que en su escuela estemos siempre llenos de celo apostólico para revelar a cada uno su dignidad de hijo amado de Dios. Que nuestras comunidades sean fraternales, abiertas, enraizadas en la Palabra de Dios y la celebración de los sacramentos. Que ellas se desborden de caridad y de atención a los pobres y a los enfermos. Que ellas cuiden de que la Buena Nueva se anuncie a los pobres.
Que la Virgen María, Nuestra Señora de la Guardia, María junto a su Hijo, a los pies de la cruz, sostenga nuestra esperanza por medio de su presencia fiel, maternal y amable. Que su Hijo bien amado llene nuestros corazones. Que guardemos el deseo de vivir en Él, por Él y como Él.
Amén.

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