Los Jóvenes Oblatos en Lourdes
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Al principio me chocaba todo un poco: la tensión del primer día, la prisa de la gente por conseguir agua del manantial como si fuera un amuleto, o el tener que pegarme una paliza a lijar y pintar una barandilla que nadie va a mirar. Me preguntaba qué sentido tenía limpiar un caserío abandonado o comer pan tieso con un café aguado. Pero, con el paso de los días, te vas dando cuenta de que la fe no va de grandezas. Va de currar en lo invisible. De estar ahí, sin buscar aplausos. Esa agua que al principio no entendía no venía a borrarme las cicatrices de la piel, sino a tocar las del alma.
Me quedo con un par de cosas:
* Los silencios : Esos minutos sentados frente a la gruta sin decir nada, o el silencio en lo alto del vía crucis. Hay momentos donde no hace falta soltar un chapa para rezar; basta con estar.
* La comunidad real: Con sus roces al principio, pero que termina arreglándose entre risas, algún refrigerio al final del día y conversaciones sinceras sobre lo que de verdad nos presiona el pecho.
* Las grietas: Como en la comunidad del Cenáculo o en la caminata al lago, me di cuenta de que no hace falta estar "perfecto" para que Dios actúe. Su luz brilla justo por las costuras que tenemos rotas.
Al final, me voy con la sensación de que Bernardita tenía razón: no hace falta entenderlo todo a la primera. Basta con guardar en el corazón lo que te va susurrando la Virgen y aprender a mirar la luz, incluso cuando las cosas no salen perfectas.
Fernando
Para mí, haber podido participar en la peregrinación con los Jóvenes Oblatos a Lourdes ha sido maravilloso y una gran suerte. Llevaba queriendo venir desde hace ya un tiempo; sentía desde hace dos años que debía entregarme y servir más allá de lo que ya hacía. Compartí allí que sentía que la Virgen María quería que yo fuera a visitarla. Y creo firmemente que ha sido así: todo ha sido dispuesto para que suceda.
Desde que la Providencia hizo que, después de cancelarse este mismo viaje con otro grupo, a los pocos días el padre Antonio me lo ofreciera, hasta haber podido entregarme en el voluntariado, en las misas y, finalmente, verme delante de la Virgen durante el rosario (literalmente) en el Flambeaux (procesión del rosario con las antorchas y velas). En toda esta peregrinación, repasando la vida de Santa Bernardita, me veía interpelada. En su historia veo un testimonio de humildad, entrega, fidelidad, amor, dejarse hacer; y cuando la Virgen la fue a buscar, partió de algo sencillo como era ir a buscar leña, pero realmente detrás había una gran necesidad por parte de su familia para que no murieran de frío y hambre. Sin embargo, no puedo no acordarme de que ella ya amaba fielmente en silencio a Dios y a la Virgen: era fiel desde mucho antes de su encuentro gracias a que su familia le descubrió este gran tesoro de la fe.
En todos estos días, ahora mirándolo con perspectiva, veo que hemos sido unos mimados por Dios en muchos momentos, pero también hemos sido los últimos, los más pequeños, en otros. Todos veníamos ya con fe, pero en este lugar donde todo invita a orar y a mirar adentro, gracias a Nuestra Señora, hemos renovado la fe y siento, en lo personal, que he vuelto a ver lo amada que ya soy, he sido y seré.
Gracias a los oblatos por estos días en comunidad (sin ellos no sería posible), por su cercanía, confianza, alegría y caridad.
Termino con la certeza de que Dios no se deja ganar en generosidad, de lo esencial que es confiar y de que María siempre intercede por nosotros
María




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