jueves, 17 de febrero de 2011

Carta del Superior General para el 17 de febrero de 2011


Queridos hermanos oblatos,
Quisiera bendecir a cada uno de ustedes en esta fiesta que nos remonta a 1826, cuando el P. Eugenio de Mazenod recibió la aprobación del Papa para los Misioneros Oblatos de la Santísima e Inmaculada Virgen María. Como hermanos oblatos estamos consagrados “principalmente a la evangelización de los pobres” (C.1). Hoy especialmente, nos unimos a San Eugenio, a la Iglesia y a los pobres. Hermanos oblatos, gracias por su generosidad misionera, su vida de oración, su infatigable servicio a los pobres y el don que hacen de ustedes viviendo en comunidad apostólica nuestra vida en votos.

En este día, 17 de febrero, celebramos el fruto de muchos años de labor, las luchas, la energía incontenible, los muchos disgustos y alegrías del P. de Mazenod. El se gastó a sí mismo para ver aprobado por el Santo Padre a su grupo misionero, y lo consiguió por su fe perseverante. Quisiera escribirles sobre nuestro voto de perseverancia, al que considero una fuente real de gracia para nosotros.

Conocemos el contexto histórico de este voto en la Francia post-revolucionaria. Con la disolución de los religiosos, el voto pretendía mantener a los oblatos en fidelidad mutua y a la misión. En nuestra situación actual, el voto de perseverancia tiene un rico potencial para nuestra vida y misión. Al vivir y hacernos mayores como Misioneros Oblatos de María Inmaculada, la perseverancia en el seguimiento de Jesús es un compromiso de por vida a vivir más hondamente y con mayor vigor el “Sí” de nuestra oblación. La perseverancia nos lleva a imitar más hondamente el ejemplo de Jesús que, “habiendo amado a los suyos en el mundo, los amó hasta el extremo” (Juan 13, 1).

Quiero recordar las palabras de San Eugenio en el Prefacio: “Hemos de llevar a los hombres a sentimientos humanos, luego cristianos, y ayudarles finalmente a hacerse santos” (Prefacio, CC. y RR.). Es bueno para nosotros, predicadores, mirar nuestras vidas para ver si estamos creciendo hacia la santidad. Creo que el voto de perseverancia nos compromete en este camino, creciendo como humanos, cristianos y santos. En esta vida, tal movimiento no cesa nunca; realmente es el mismo que el llamamiento a la conversión subrayado por nuestro reciente Capítulo. La conversión es mucho más que “un tema” a tratar en el Capítulo General, formulado en un documento y dejado en una estantería. Por el voto de perseverancia, abrazamos la conversión, el llamamiento del Evangelio mismo, como nuestro modo de vida.

Si bien la psicología nos ayuda a comprender el progreso humano hacia la madurez y la integración, nuestra vida como hombres de votos debe estar marcada aún más por el crecimiento y el desarrollo espiritual a lo largo de los años. Nuestro voto de perseverancia es un llamamiento continuo a vivir más plenamente lo que hemos prometido al Señor. Por medio de nuestra apertura a la gracia, crecemos en nuestra consagración religiosa para hacernos libres de dar más y más de nosotros mismos a los otros y a Dios; nos hacemos más hondamente humanos, compasivos, amadores, tenemos más energías para la misión, tenemos audacia para asumir riesgos, soñamos nuevos sueños y tenemos nuevas visiones (Joel 3, 1), crecemos en santidad.

Este 17 de febrero ¿podrían tomar su Cruz Oblata en las manos y pasar algún tiempo en oración ante Cristo Crucificado? Reflexionen, por favor, sobre la calidad de su vida de perseverancia a lo largo de los años:
  • ¿Estoy más enamorado del Señor Jesús, más centrado en la escucha de la Palabra y en la Eucaristía? ¿He dado más de mí como hizo Jesús?
  • ¿Me he hecho un oblato “más pobre” en términos de pobreza evangélica? ¿Tengo una confianza mayor en la congregación teniendo todo en común con mis hermanos oblatos?
  • ¿Estoy viviendo una vida célibe casta con mayor integridad, mayor pasión por Dios y por los pobres?
  • ¿He crecido en darme más plenamente en la vida comunitaria y en nutrir la comunidad con mis dones?
  • ¿Estoy más gustosamente disponible para servir a las necesidades de la misión de predicar el Evangelio a los abandonados tal como discierne la Congregación y menos centrado en mis propias necesidades?
  • Mi vida, ¿se ha hecho más viva y más llena de los Dones del Espíritu Santo (Gal. 5, 22ss)?
Estos son, así creo, los signos de una vida religiosa animada por el voto de perseverancia. ¡Qué gran don y qué gran fuente de gracia nos dejó San Eugenio en este voto!

En este día, nos unimos también muy especialmente a Nuestra Señora, pues este día fue cuando nos convertimos en Oblatos de María Inmaculada. María es el modelo y salvaguardia de nuestra vida consagrada (C.13). Ella, que dio su “fiat” a la invitación de Dios, nos ayuda a entregarnos totalmente a Dios por causa de la misión a la que somos enviados. Pido a María que nos ayude a crecer en la perseverancia como religiosos enamorados de Dios y de su pueblo. Que María nos ayude a vivir de tal modo que, cuanto más nos demos, más seamos bendecidos y renovados en la generosidad de nuestra oblación.

Mis hermanos oblatos, ¡les mando mi oración y mi cariño en este día especial!

Su hermano oblato en Jesucristo y María Inmaculada.
Louis Lougen, OMI
Superior General

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