viernes, 4 de noviembre de 2011

ORANDO POR Y CON LA COMUNIDAD DEL CIELO


Como en todas las comunidades oblatas del mundo también en Roma mantenemos la santa tradición de celebrar la Eucaristía por los oblatos que entregaron su vida y que formaron parte de nuestras comunidades. Y lo hacemos trasladándonos al cementerio de Campo Verano, al lado de la Basílica de San Lorenzo Extramuros, un cementerio enorme en el que están enterrados ilustres italianos.

La Eucaristía se celebra en nuestra capilla, rodeados de los nichos donde reposan los restos de una buena parte de nuestra historia. Como dijo el P. Fabio Ciardi en su homilía, obispos como Monselor Allard (fundador de la misión en Sudáfrica) o Monseñor Dontenwill, que también fue superior general. Asistentes, Procuradores y Postuladores Generales. Ilustres profesores junto con oblatos sacerdotes, hermanos y escolásticos que sirvieron a la Congregación desde Roma.

Entre ellos también está el hermano español Pedro Fraile que sirvió en la casa general. Precisamente donde está enterrado buscaba mi lugar junto con el hermano D’Orazio, nuestro decano con 91 años, que mantiene un sentido del humor y con alegría sirvió como memoria viva de todos los padres que él conoció y enterró en los últimos más de 60 años de presencia en esta casa.

P. Ciardi nos dijo que son 63 los oblatos que han sido enterrados en este cementerio. Nos recordaba también la famosa carta del Fundador al P. Courtes escrita en 1828: “Tenemos cuatro en el cielo; ya es una hermosa comunidad. Son las primeras piedras, las piedras fundamentales del edificio que debe construirse en la Jerusalén celeste; están ante Dios con el signo o carácter distintivo de nuestra Sociedad: los votos comunes a todos sus miembros y la práctica de las mismas virtudes. Estamos unidos a ellos por los lazos de una caridad especial; siguen siendo nuestros hermanos y nosotros somos sus hermanos; viven en nuestra casa-madre, en nuestra capital; sus oraciones y el amor que siguen teniéndonos, nos arrastrarán un día hacia ellos. Para morar con ellos en el lugar de nuestro descanso. Presiento que nuestra comunidad de arriba debe estar muy cerca de nuestra Patrona; los veo al lado de María Inmaculada, y por tanto, muy cerca de Jesucristo, a quien siguieron en la tierra y a quien contemplan con delicia…”

Inevitable acoger el recuerdo de tantos oblatos que se han cruzado en mi vida y que me han dejado su pequeña herencia. Quisiera dejarme llevar por esa esperanza que expresan tan bien las palabras del Fundador: “estamos unidos a ellos por una caridad especial… y sus oraciones y el amor que siguen teniéndonos, nos arrastrarán un día hacia ellos” cuando nuestro peregrinar en esta vida se termine y sea cumplida nuestra misión en esta tierra.

P. Chicho, omi


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