miércoles, 6 de septiembre de 2017

La misión es hacer del mundo una sola familia


Me llamo Susana y este año me apunté al viaje misionero que organizaron los Misioneros Oblatos a Guinea Bissau. Sentía que Dios me pedía entregar mi tiempo a los demás de manera concreta en este país africano. No sabía muy bien lo que me iba a encontrar, tenía mis miedos, pero sabía que si me ponía en manos de Dios, Él iba a guiarme y cuidarme, y así ha sido.

Desde el primer momento, antes del  viaje, ya me sentía misionera; preparando todo el material donado para la misión, hablando de la misión a mis compañeros, amigos, mi familia y como no, rezando por todo el pueblo de Guinea Bissau que iba a conocer. Entendí así que la misión empieza en cada uno de nosotros, como un camino en el que Dios nos guía, nos acompaña y nos enseña a entregarnos desde nuestra vida cotidiana hasta salir de nosotros mismos,  de nuestras comodidades y miedos para acoger la vida del otro como propia y querer cuidarla como Él lo haría.

Ahora, ya de vuelta del viaje pienso que es muy difícil resumir en palabras una experiencia así, en la que recibes mucho más de lo que das. Así que puedo contar lo muchísimo que he aprendido de cada una de las personas con las que he compartido este viaje. Me vienen a la mente cientos de experiencias vividas con los misioneros oblatos que viven allí, con los jóvenes misioneros laicos italianos, con mis compañeros españoles de misión y sobre todo con todos los guineanos. Con los misioneros oblatos he aprendido que somos una familia allí donde estemos y que ellos son los primeros en dar ejemplo del amor de Dios a los demás. De los misioneros laicos italianos me quedo con el sentimiento de una Iglesia que es capaz de romper fronteras y que podemos caminar juntos sembrando el amor de Dios. Con mis compañeros españoles de misión he compartido la gran alegría de ser misioneros dando lo mejor de cada uno de nosotros en cada momento y descubriendo cada día la riqueza de la sencillez en lo cotidiano. Y por último, de los guineanos no tendría folio para escribir lo mucho que me llevo de cada persona con la que he compartido: los niños te enseñan que la felicidad no la dan las cosas sino el cariño que pongas en lo más sencillo, y que una sonrisa y un abrazo de ellos vale más que todo el oro del mundo; los adultos te dan una lección de educación, de respeto, y también de que el tiempo no es nuestro, que no debemos preocuparnos tanto del mañana, que el  hoy es lo que tenemos y debemos aprovecharlo compartiendo con los demás sin mirar el reloj, sin esperar nada a cambio. La gente de Guinea Bissau te enseña a vivir la vida sin prisas, con sencillez y gratitud. 

 Doy gracias Dios y a todos los que han hecho posible este viaje con sus aportaciones de todo tipo y sobre todo con su ánimo, esfuerzo y oración, para que yo haya podido vivir este regalo tan especial este año. Animo a todo el que está leyendo estas líneas y tenga la inquietud de vivir la misión. Dios me ha enseñado en este viaje que el mundo se puede volver pequeño de su mano y que entregando nuestra vida con generosidad de corazón podemos hacer del mundo una sola familia.


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